Evgenia Bridikhina y las escenas del poder
Evgenia Bridikhina, Ritualidad política y simbología del poder en Charcas / Bolivia. Serie Pensamiento y culturas, vol. 3. Proyecto “Tejiendo historias. Bolivia: más allá de sus 200 años”. La Paz: Sílex Ultramar / SOLYDES / Plural editores / IEB / CIDES-UMSA, 2025, 296 pp., il.
Es inevitable para quien escribe esta reseña, casi de manera automática, asociar la ‘cuestión del poder’ a los trabajos de Foucault. Y creo no equivocarme, pues algo de ese magisterio, me parece, flamea en este libro.
Son escasos los trabajos, al menos entre nosotros –pienso en Rossana Barragán, Pablo Quisbert, Vincent Nicolas y algún otro–, que se han detenido en el poder y sus formas de representación. Y pongo ‘representación’, porque el poder necesita mostrarse. Que lo necesita es casi una verdad de Perogrullo, se me dirá. Sí, pero no es tan fácil seguir las formas en que lo hace. De eso se trata, en buena medida, Ritualidad política y simbología del poder en Charcas / Bolivia, de Evgenia Bridikhina (EB): buscar el poder en otros sitios, más allá de las leyes, las instituciones, los Gobiernos, las revoluciones; es decir, en una procesión, un retrato, un pendón, una bandera, un tedeum, el recorrido de una marcha, una seña hecha con los dedos. Incluso en el lugar donde se firma un decreto. El poder, “esa bestia magnífica”, se ejerce, pero también se representa.
El volumen transita por un enorme arco temporal: desde la sociedad colonial hasta las últimas décadas del siglo XX. Son siglos de historia, pero una pregunta recurrente circula: ¿cómo se hace presente el poder en la sociedad? Las respuestas cambian, por supuesto, y cambian los reyes por los libertadores, el pendón real por la bandera, las fiestas regias por las cívicas, y mucho después aparecen las multitudes –o la masa à lo Zavaleta, diría Cachín Antezana– del 52, la “V” movimientista o el puño en alto del 1° de Mayo. Caprichosa como es, la política insiste en producir imágenes, ceremonias, lugares y gestos para hacer visible, necesariamente visible (valga la hipérbole), una relación política, una presencia estatal.
EB conoce muy bien este terreno. La ritualidad, la fiesta, la teatralización del poder no son asuntos nuevos en su trabajo (ese monumento historiográfico que es Theatrum mundi lo atestigua). No repara en una procesión para regodearse en los detalles del orden de quién iba primero y quién después, tampoco en una fiesta para reconstruir el programa. Más bien, lo que interesa es qué se está diciendo con ese orden, quién ocupa el centro, quién mira, quién desfila, quién recibe, quién se arrodilla; en suma, quién hace qué. La fuerza de sus argumentos nos ‘obliga’ a situar el ritual no simplemente (únicamente, pude haber escrito) como una ilustración de unas relaciones de poder que existirían fuera de él. No. Las pone de manifiesto, sí, pero al mismo tiempo contribuye a producirlas y reafirmarlas.
Y aquí hago un paréntesis. En realidad, Theatrum mundi –el opus magnum de EB y, dicho sea de paso, un libro que debió estar entre los 200 de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia– no es, ni mucho menos, un simple antecedente. Es más bien el trasfondo de varias de las cuestiones que reaparecen en este libro que, a riesgo de cometer un ‘abuso de filiación’, digo yo, retoma –de algún modo– y ensancha la mirada sobre esa ‘liturgia del poder’ que ya estaba en Theatrum mundi. Allí estaban ya la audiencia como corte provincial, la sociedad cortesana, las ceremonias, la etiqueta, los espacios del poder y, sobre todo, el rey ausente que debía hacerse presente mediante imágenes y símbolos. Algunas de las preguntas de este libro vienen, pues, de lejos, pero ahora viajan mucho más: atraviesan la república, llegan al 52 y terminan metidas en una marcha del 1° de Mayo.
La historia –o, mejor, la historiografía– conversa aquí, sin demasiada preocupación por las fronteras disciplinarias, con la sociología y las representaciones colectivas; con la antropología social y simbólica; y, de manera importante, con Balandier y su “teatralización del poder”. Estos soportes transdisciplinarios permiten a EB mirar de ‘otra’ manera una procesión, una fiesta, el orden de un desfile o un gesto político.
La primera parte del libro es quizá donde esto se ve de manera más espectacular. En Charcas el rey estaba, precisamente, porque no estaba, pues nunca había pisado estos territorios y, sin embargo, aparecía por todas partes; i.e., en retratos, sellos, cédulas, pendones, medallas, esculturas, pero también en las fiestas de nacimiento, las juras, los matrimonios y las exequias. La distancia física del monarca obligaba, de alguna manera, a multiplicar su presencia simbólica, que EB recupera con esta potente imagen: el rey como el Sol, cuyos rayos alcanzaban las provincias más alejadas. El cuerpo no estaba; sus representaciones, sí.
Y estaba la ciudad. La Plata, por supuesto, pero también Potosí, se convertían en escenarios. Entre arcos, tablados, procesiones, música, vestimentas, jerarquías cuidadosamente dispuestas, cada cual ocupaba su lugar, hacía determinados gestos y manejaba ciertos códigos, ya que ese orden ceremonial patentizaba otro orden, el de la propia sociedad. Las instituciones y corporaciones mostraban en las fiestas su fidelidad al rey y afirmaban su propia autoridad y su status, dejando bastante claro dónde estaba cada cual dentro de esa comunidad simbólica.
La idea de que el poder necesita repetición es, para mi gusto, como dirían los doxógrafos, la explicación más plausible para entender lo que a veces se nos antoja cansino, repetitivo, desgastante. No bastaba, por tanto, con afirmar una vez la majestad del rey; había que volver a representarla, sea con una entrada, una jura, un nacimiento, una victoria, una muerte. De ahí que EB hable de una puesta a prueba continua mediante actos simbólicos de sumisión y quizá también por eso las ceremonias sean tan importantes, pues lo que parece estable, casi incólume, necesita, vaya paradoja, ser confirmado una y otra vez.
Un asunto clave es la reflexión sobre el tránsito de la monarquía a la república, porque EB no lo presenta como un mero reemplazo de un entramado simbólico por otro; hubo ruptura, desde luego, y apareció la bandera, el escudo, los libertadores, las fechas patrias, pero también hubo apropiaciones, traslados y reciclajes. La entrada triunfal destinada antes a las autoridades coloniales sirvió para recibir a Sucre y Bolívar, mientras las juras frente al retrato del rey mutaron en juras frente a los retratos de los libertadores y la bandera nacional utilizó el lugar del pendón real. Incluso las exequias reales encontraron una prolongación en los funerales de los mártires de la independencia.
Esto me parece más interesante que hablar simplemente de continuidad, porque no queda exactamente lo mismo, queda una forma, diría hasta un lenguaje, pero cambia, permítaseme esta digresión whiteana, “el contenido de la forma”. Los símbolos de la monarquía son reemplazados/desplazados por otros –escudos, banderas, códigos y constituciones–, objetos republicanos que son también sacralizados, venerados y rodeados de pompa, mientras los tedeums y las “misas políticas” no desaparecen con la república, más bien ocupan, sin rubor ni anacronismo, un lugar central en las ceremonias del nuevo orden.
La memoria de un lector, en este caso la mía, rescata –vaya uno a saber por qué– un episodio algo ditirámbico. En 1831 la Constitución fue presentada públicamente con toda solemnidad; Santa Cruz la llevaba contra el pecho y después el texto ingresó a la iglesia bajo palio, como antes se había llevado el sello real, seguido de la misa y el juramento. La escena es magnífica, porque el objeto había cambiado por completo –ya no era una insignia del monarca sino la Constitución de la república–, aunque el gesto tenía una memoria bastante más larga. No sé si hay una imagen más gráfica para mostrar que los cambios políticos no empiezan siempre desde cero y que, a veces, necesitamos viejos rituales para hacer comprensible un poder nuevo.
El salto hacia 1952 parece enorme, y lo es, pero ahí está una de las cosas más interesantes del libro: pese al cambio de siglo y de actores, ciertas preguntas reaparecen, siguen funcionando. El MNR necesitó también construir una ritualidad y un lenguaje simbólico propios, y la llegada de Víctor Paz Estenssoro a La Paz, el 15 de abril de 1952, fue ya un espectáculo político. Una enorme multitud lo recibió en El Alto y lo acompañó hasta el Palacio, en un ceremonial revolucionario que, observa EB, retomaba y transformaba el antiguo ritual de recepción de las autoridades. Solo que ahora quienes esperaban al gobernante no eran las élites de la ciudad, sino las multitudes que gritaban “Viva el MNR”, “Viva Paz Estenssoro”, “Nacionalización”, “Reforma Agraria”.
Después vendrían actos todavía más cargados de significación, como la nacionalización de las minas, firmada en el campo de María Barzola, en Catavi, lugar de triste memoria por la masacre minera de 1942, o la reforma agraria, en Ucureña, convertida en lugar emblemático del movimiento campesino. La política se apropiaba así de una geografía y la convertía en memoria (tal vez Javier Sanjinés hablaría aquí de una “transfiguración de lo geográfico”…).
Pero también los cuerpos hablaban mediante marchas, juramentos, himnos y, sobre todo, la famosa “V”, cuya transformación de seña partidaria en saludo nacional EB sigue con bastante detalle. Trabajadores y militantes la hacían frente al presidente, que respondía de la misma manera, y así un mínimo gesto terminaba cuajando una relación entre jefe, partido, Gobierno, Estado y pueblo, al tiempo que trazaba una frontera entre quienes pertenecían a esa comunidad política y quienes quedaban fuera de ella.
Y está la construcción del líder, con Paz Estenssoro convertido en “Jefe de la Revolución Nacional”, “Libertador Económico”, “Conductor de la Revolución”, mientras el calendario se hincha de nuevas fechas y de nuevos héroes, el 31 de octubre, el 9 de abril, los mártires, Busch, Villarroel, María Barzola, e incluso el 6 de Agosto es releído desde la Revolución Nacional para presentarlo como una “segunda independencia”. Un Gobierno, pues, no solamente administra el presente; necesita ‘ordenar’ el pasado y decidir qué debe recordarse. (Nada que deba sorprendernos: la política también se hace de retro…)
Aquí aparece, además, una cuestión que atraviesa calladamente todo el libro: los símbolos no pertenecen para siempre a quien los crea, circulan, se apropian, se reasignan y a veces se vuelven contra quien quiso utilizarlos. La última parte, dedicada al 1° de Mayo, lo muestra de una manera especialmente clara porque aquí el Estado ya no dispone totalmente del ritual, pues la celebración fue construyendo durante el siglo XX un espacio, unos recorridos, sus propios mártires, canciones, banderas, colores y gestos. De la celebración más festiva de las sociedades mutualistas se pasó a una ritualidad de protesta ligada al mundo sindical y obrero –fabriles y mineros– y a corrientes anarquistas, socialistas y comunistas, con “La Internacional”, las banderas rojas y negras, la hoz y el martillo, el puño levantado (ahí está, para más detalles, Amanecer en rojo…).
Y esa ritualidad necesita lugares, porque las calles no son aquí un simple escenario en el que ocurre la manifestación y algunas plazas, sedes sindicales y recorridos terminan adquiriendo significados propios. La plaza Murillo podía estar abierta o cerrada a los trabajadores según la relación que estos mantuvieran con el Gobierno; San Francisco se fue consolidando como espacio de concentración y protesta; basten estos ejemplos. Hay, pues, una geografía política que también se construye históricamente. Quien ocupa una plaza no ocupa solamente unas baldosas, unos metros cuadrados…
Después de 1952 ocurre algo todavía más interesante. El MNR procura incorporar el 1º de Mayo a la ritualidad de la Revolución Nacional y presentar al Gobierno como expresión política de los trabajadores mediante marchas conjuntas de militantes, obreros y campesinos. Esa apropiación, sin embargo, nunca fue definitiva, pues cuando la relación entre Gobierno y movimiento obrero se rompía, la celebración recuperaba su carácter contestatario y los Gobiernos militares, pese a sus intentos por controlarla, tampoco consiguieron hacerla desaparecer. La propia EB lo resume en una frase: “Se trata, hasta hoy, de un espacio ganado por las clases populares, un espacio de protesta y de expresión libre, con su ritualidad, su lenguaje y su simbología”.
Sin embargo, me asalta una duda o, más bien, echo de menos algo. EB muestra muy bien cómo se construye una ritualidad del poder y también cómo sus símbolos pueden ser apropiados y resignificados por otros. Pero ¿qué pasa cuando la representación falla, es decir, cuando quienes participan no responden como estaba previsto? Para ‘aterrizar’ esta duda: el 1º de Mayo de 1975, el Gobierno intentó controlar la marcha y hasta dispuso quiénes debían hablar en San Francisco, pero uno de los oradores oficialistas fue recibido con una “silbatina cerrada”, los discursos anunciados tuvieron que suspenderse y los estudiantes improvisaron otra tribuna. El ritual estaba preparado, pero, como escribe la propia EB, hubo quienes “se rehusaron a seguir el guion elaborado por las autoridades”. ¿Qué ocurre entonces cuando el poder conserva la escena, pero pierde la capacidad de hacer prevalecer su significado? ¿Muestra esto los límites de una hegemonía? Porque una cosa es disponer del espacio, de los símbolos y hasta del ceremonial, y otra muy distinta conseguir que quienes participan reconozcan como propio el sentido que el poder se empeña en darles.
Tal vez ahí esté también lo que más me queda después de leer a EB: que los símbolos no son adornos puestos encima de la historia, sino que tienen historia, se heredan, se disputan, cambian de lugar y de significado. Un ritual creado para representar la obediencia puede reaparecer con otro contenido y una fiesta que el Estado intenta domesticar puede volver a ser protesta. Hasta los espacios guardan algo de esas disputas.
El camino que transita el libro, del rey ausente a una marcha del 1º de Mayo, no es tan extraño, entonces, como parecía al principio. Entre el inicio y el final del recorrido hay cuerpos ocupando la calle, imágenes, palabras, música, lugares elegidos y gestos que quienes participan saben leer. Cambian, por supuesto, los quiénes que mandan y los quiénes que protestan, como cambia aquello que se quiere hacer visible. Cambian también los públicos, pero la escena permanece…
