Pedro Susz, crítico de cine
¿Cuál es la historia de la crítica cinematográfica en Bolivia? En un sentido, una de larga duración, ya que allí donde ha habido cine, también ha habido quién lo comente. En su Historia del cine en Bolivia, Alfonso Gumucio (1982) ha encontrado notas de prensa referidas a películas con fecha tan antigua como los años 20 del siglo XX, aunque estas –señala– hubieran sido escritas con propósitos distintos a la crítica stricto sensu, ya sea para promover una película, protestar por la mala proyección de alguna otra o para “moralizar” sobre el contenido y sus posibles efectos en mujeres, niños, costumbres sociales, urbanidad, etc. Estos comentarios sobre temas contiguos a las películas también han sido identificados en La pantalla indiscreta, libro de Antonio Mitre (2019) sobre el consumo de cine en Bolivia durante la primera mitad del siglo anterior.
Gumucio señala que algo más parecido a la crítica de cine como tal aparece justamente a partir de los años 50, inicialmente de forma intermitente. Los precursores que el historiador identifica son dos inmigrantes españoles: Jaime Renart y Eduardo Gil de Muro (quien firmaba como Martín de Quiñones). Ambos publicaban en el vespertino Última Hora.
Gil fue además el fundador del cine club Luminaria, al parecer la más antigua de estas instituciones que posteriormente constituirían un importante condición de posibilidad de la crítica –oral, pero a veces también escrita– de las películas que se veían en el país.
Pero fue un tercer español, el jesuita Luis Espinal, quien pondría la piedra angular de la crítica boliviana, ya en los años 70, con dos clases de textos críticos: comentarios periodísticos de los sucesivos estrenos que se daban en el país publicados en Presencia y el semanario Aquí, y “cuadernos” y libros sobre el cine como arte, disciplina académica y actividad comunicativa moderna. Además, con su labor docente en el Taller de Cine de la UMSA.
Era en esta década de los 70 en la que se comenzaba a montar lo que otro crítico llamó “una incipiente cinefilia” (Zapata y Reyes, 2017: 5). Este crítico es Pedro Susz, quien comenzó a escribir de cine hacía 1972, en Argentina, donde estaba exiliado y estudiaba periodismo (Aimaretti, 2020).
La contribución de Espinal fue crucial y ha merecido varios estudios que constituyen parte importante de la bibliografía boliviana sobre la crítica. Pero era parte de una ola más amplia de interés por el cine, motivada por: a) el avance y las transformaciones de este; b) el trabajo de los católicos para acompañar, también con un sentido moralizante, el consumo del cine y la televisión (en esta intersección entre catolicismo y audiovisual es en la que aparecen el sacerdote Renzo Cotta, fundador del Cine Club Juvenil La Paz y director del cine 16 de Julio, y Amalia de Gallardo, impulsora de los concursos más importantes y, junto a Susz, Carlos Mesa y el alcalde de La Paz Mario Mercado, creadora de la Cinemateca Boliviana, que este año cumple medio siglo), c) la efervescencia política democrática que se había abierto por el declive de la dictadura de Hugo Banzer; este estado de ánimo favorecía la curiosidad general sobre los nuevos debates políticos y las expresiones culturales vanguardistas, así como el deseo de “usar” el cine en un sentido político. El cine-fórum era en sí mismo un espacio plural que contrastaba con el monolitismo cultural del tiempo de la dictadura (Aimaretti, 2020).
En este ambiente propio de la transición democrática se produce un fenómeno peculiar, señalado por Susz: se escribe sobre cine más de que lo que se hace películas. Estaban los libros y libritos de Espinal, ya enlistados; los folletos que escribían Susz y Mesa para acompañar los ciclos iniciales de la Cinemateca; el libro colectivo de 1979 Cine boliviano: del realizador al crítico, compilado por Mesa; las críticas en los periódicos de los autores ya mencionados y de otros que no perseveraron en este oficio. En los años posteriores aparecerían los libros de historia de Gumucio, ya mencionado, y de Mesa (La aventura del cine boliviano, 1985). Así como La pantalla ajena (1985) del propio Susz.
A la larga, este se destacaría de este pelotón de críticos por su papel de organizador de la Cinemateca y, sobre todo, su continua labor periodística. La contratapa de uno de sus libros, publicado en 1997, enumera que hasta entonces el autor había contribuido a El Diario, Hoy, Última Hora, Radio Cruz del Sur, Radio Cristal, Canales 13, 7 y 2 y varias revistas internacionales. Sobre el tiempo posterior habría que añadir varios medios más, por ejemplo La Razón. Dado que Pedro es hombre de rutinas y por tanto nada volátil, la lista muestra el alcance de su firma y también que ha desplegado una tarea de muchos años, durante los cuales han cambiado, han surgido y han desaparecido multitud de medios. Sus críticas han sido conservadas en la serie de cinco volúmenes que llevan el nombre común de Papeles de cine. En ellos también se ha incluido los textos historiográficos que ha realizado. Es muy conocido su trabajo sobre el cine silente boliviano, encomiado por Mitre en la obra citada y que describiremos hacia el final de este artículo.
Este ingente trabajo, que ya es de más de medio siglo, llevó a dos críticos jóvenes, Santiago Espinoza y Andrés Laguna (2011), a tener que advertir que Pedro Susz “no es el único crítico boliviano”, con lo que le rindieron un homenaje involuntario pero contundente.
Alguna vez Susz ha definido la crítica como “escribir artículos que nadie lee sobre unas películas que nadie ve” (Zapata y Reyes, 2017: 5). Vale esto tanto para los años 70 y 80, cuando solamente había tres estrenos por semana y aun así era difícil estar al día, como para ahora, cuando las películas se acumulan en las plataformas de streaming, todo es estreno y nada lo es. Los que escribimos crítica (o, en mi caso, cometarios cinematográficos ligeros), sabemos que la definición de Susz –que este se preguntaba si no sería “cínica”– se halla bastante cerca de la verdad.
¿Por qué entonces este esfuerzo y esta intención, si parecen inútiles? Cada uno tiene sus propias razones. Yo puedo decir que soy bibliófilo, así que me gusta leer de todo y, entre ello, encuentro las críticas particularmente delectables, a veces más que las películas de las que ellas hablan; aunque en la mayoría de los casos seguramente sea al revés y la cinefilia conduzca a la crítica. Como fuere, resulta que a lo largo de la vida, y en cualquier campo, uno tiende a tratar de hacer lo mismo que han hecho otros y que le ha hecho disfrutar. En este ecuación, la repercusión no importa mucho.
Como otros lectores, quizá no muchos pero constantes, he disfrutado por largo tiempo las periódicas columnas de Susz, escritas siempre con erudición, humor agridulce, lucidez sobre las industrias culturales y desde la izquierda. Columnas que cuando se refieren al cine boliviano son siempre respetuosas, tolerantes y comprometidas. (De ahí que sea uno de los pocos críticos de la ciudad al que los cineastas todavía quieren).
También he disfrutado y aprovechado mucho el precioso libro de Pedro Federico el grande. Ensayo sobre Federico Fellini (1997), que no dudaría en incluir entre los “más lindos” ensayos bolivianos (la posibilidad y fiabilidad de tal categoría es materia de otra discusión).
En Federico el grande, Pedro Susz confiesa que admira, que ama a Fellini, y eso se siente a lo largo de las páginas en las que describe su cine, así como lo más relevante de su vida y sus opiniones, aunque sin esconder los defectos del gran director italiano. El suyo es amor verdadero, es decir, que no se engaña. El conocimiento a fondo del artista retratado y analizado, el cuidado de la forma, la capacidad para sintetizar cada película y valorar sus diferencias respecto de las otras, así como sus aportes al cine de la época, todo esto hace que Federico el grande pueda ser leído con gusto y curiosidad incluso por quien no haya visto uno solo de los filmes de Fellini. Siempre he lamentado que Pedro no hubiera hecho más ensayos como este en lugar de dedicar tanto tiempo y espacio a sus filosofías (Para una filosofía de la insubordinación, en tres tomos), pero esta es una opinión muy personal.
Otro aporte fundamental de Susz es, como dijimos, su historia del cine silente boliviano que se incluye en el libro colectivo, coordinado por Carlos Mesa, Historia del cine boliviano (1897-2017), y que apareció inicialmente en la obra La campaña del Chaco y el ocaso del cine silente boliviano, la cual fue reproducida en el volumen 5 de sus Papeles de cine (2018).
Esta monografía está escrita con claridad, inteligente acumulación de datos (los precisos para presentar un panorama impresionista convincente de la época en la que las películas mudas estuvieron en las pantallas bolivianas: 1897-1940) y, además sentido del humor, un rasgo que también está muy presente en sus críticas, como hemos dicho. Esta combinación hace que la lectura de este texto sea provechosa y al mismo tiempo entretenida.
Susz comienza presentando una microhistoria de la cambiante definición que han hecho los historiadores del cine boliviano Raúl Salmón, Alfonso Gumucio y Carlos Mesa sobre la fecha de inicio del cine en Bolivia, fecha que, conforme han ido apareciendo nuevos indicios en la prensa de la época, se ha ido recorriendo hacia atrás. Como es obvio, de aquellas experiencias solo han quedado las crónicas periodísticas. Quizá en un país menos desorganizado que el nuestro también habrían permanecido otra clase de documentos, permisos de exhibición, minutas de importación, cosas así, pero no es el caso. Antonio Mitre también tiene un papel en esta microhistoria, con sus propias contribuciones al conocimiento de la recepción boliviana del cine, aunque, como es lógico, esta intervención no sea recogida por Susz, cuyo trabajo es muy anterior a La pantalla indiscreta.
Susz presenta sin grandes originalidades pero de forma eficaz el contexto histórico en el que se desenvuelve la muy nobel industria del “biógrafo” (“representación visual de la vida”, que se usaba al principio en lugar de “representación visual del movimiento”, que sería la denominación triunfante). En ese momento, el “biógrafo” todavía era un espectáculo que explotaba la curiosidad por las novedades tecnológicas y por los paisajes y costumbres exóticas, y no el “séptimo arte”. Por tanto, interesaba más a los jóvenes en busca de diversión que a los escasos intelectuales que tenía el país, que más bien protestaban contra él, considerándolo un muy mal sustituto del teatro que La Paz y otras capitales bolivianas no tenían.
Esto fue cambiando con el tiempo. Aparecieron salas permanentes, algunas de las cuales llegarían –como instituciones o al menos como nombres– hasta mi generación, pero no más allá. Se llamaban “teatros” primero y, luego, “cine-teatros”. Además del Municipal, que también se usaba para representar las escasas obras teatrales que entonces se preparaban, estaban el Teatro París, el Princesa, el Miñon, etc. La cartelera estaba mayoritariamente ocupada por películas estadounidenses y ya había comenzado el culto a las actrices y los actores famosos.
Susz cuenta las desventuras de los primeros cineastas nacionales, una serie de pioneros que dejaban tan poca huella en el olvidadizo periodismo de la época que una y otra vez eran presentados como los “primeros” en producir una película boliviana de ficción. De estos esfuerzos efímeros ha quedado físicamente Wara Wara de José María Velasco Maidana, que por esas cosas de la suerte se ha convertido en “el” precursor de la cinematografía nacional. El argumento de esta película y los de otras coetáneas nos indican que el cine boliviano nació siendo indigenista, un género en el que, posteriormente, daría algunas de sus mayores obras. Sin embargo, su indigenismo primigenio era “romántico”, por llamar así a una retórica sin penetración política ni sociológica sobre seres que, incluso cuando se quería reivindicar, se representaba de forma racista. Susz está consciente de esto; en este capítulo –y en toda su obra– muestra una conciencia política que, entre otras cosas, algunas de las cuales se han señalado aquí, lo hace uno de nuestros intelectuales más respetables.
Bibliografía consultada
Aimaretti, María
2020. Video boliviano de los 80. Experiencias y memorias de una década pendiente en la ciudad de La Paz. Argentina: s.e.
Espinoza, Santiago y Laguna, Andrés
2011. Una cuestión de fe. Historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (1980-2010). Cochabamba: Nuevo Milenio.
Gumucio, Alfonso
1982. Historia del cine boliviano en Enciclopedia boliviana. Cochabamba: Los Amigos del Libro.
Mitre, Antonio
2019. La pantalla indiscreta. Cine y sociedad en Bolivia 1897-1952. La Paz: Plural.
Susz, Pedro
1997. Federico el grande. Ensayo sobre Federico Fellini. La Paz: Plural.
2018. 40/24 Papeles de cine. Volumen 5. La Paz: Plural.
Mesa, Carlos (coord.)
2018. Historia del cine boliviano 1897-2017. La Paz: Plural.
Zapata, Ada y Reyes, Marcelo
2017. Apuntes de cine. La Paz: Editorial 3600.
