Opera histórica selecta: los hilos de Rossana Barragán

Rossana Barragán Romano, Patria potestad y Estado pactante (Charcas/Bolivia, s. XVI-XXI). Tomo 1: Ayllus, ciudadanía y construcción gubernamental, 586 pp., il.; tomo 2: Mujeres, trabajo y escrituras de la historia, 456 pp., il. Proyecto ‘Tejiendo historias. Bolivia: más allá de sus 200 años’. La Paz, Sílex Ultramar/Solydes/Plural editores/Ieb/Cides-Umsa, 2026.

Hay libros que parecen escritos de una vez, como respondiendo a una sola pregunta, pero hay otros que se han ido haciendo durante años, casi sin que uno lo advierta del todo. Patria potestad y Estado pactante es, creo, uno de esos libros. Reúne investigaciones de Rossana Barragán (RB) elaboradas a lo largo de varias décadas y publicadas originalmente en revistas y libros académicos, muchos de ellos fuera de Bolivia y por eso de circulación más bien reducida en el país. Pero al juntarlos no queda simplemente una colección de trabajos. Empiezan a aparecer relaciones entre ellos. Preguntas que vuelven. El poder, las jerarquías, las relaciones entre sociedad y Estado. Y también las distintas maneras en que una sociedad negocia, resiste o modifica, hasta donde pueda, ese orden.

Me acuerdo de una conversación con RB, antes de que existiera el proyecto ‘Tejiendo historias. Bolivia: más allá de sus 200 años’. Le propuse entonces reunir sus trabajos –dejando de lado los de la minería– y pensar en una publicación de este tipo. Después vino el proyecto, del cual fui editor general, y estos dos tomos. Claro que hay una satisfacción personal al haber tenido algo que ver con el inicio de todo esto. No tendría mucho sentido ocultarlo. Pero ahora, con los dos tomos delante, me interesa otra cosa: qué pasa cuando esos trabajos dispersos se leen juntos.

El título, además, ayuda bastante a producir esa lectura. ‘Patria potestad’ y ‘Estado pactante’ no funcionan solamente como dos marbetes puestos después para ordenar materiales diversos; más bien son dos nociones (o “artefactos conceptuales”, diría, usando las palabras de Rubén Vargas) que están en el corazón de estos libros. La patria potestad, más allá de su sentido jurídico específico, remite a relaciones de poder, señorío, jurisdicción y sujeción que pasan de lo privado a lo público, y al revés. Permite pensar las relaciones entre hombres y mujeres, patrones y dependientes, gobernantes y gobernados. Una sociedad, por tanto, organizada por diferencias que no desaparecieron con la llegada de la república ni porque se invocara la igualdad liberal. El Estado pactante muestra la otra cara de la medalla, aunque no exactamente la inversa: el poder estatal no opera sobre una sociedad pasiva. Hay presión, conflicto, negociación. Entre las dos nociones aparece algo que me parece importante en el libro, y es que Bolivia no se entiende/explica solamente mirando el poder desde arriba, pero tampoco romantizando (a falta de otra, uso esta fea palabra) ‘la resistencia’.

En el primer tomo, la primera parte, dedicada a los ayllus y las comunidades, deja ver muy bien esa manera de trabajar. Los estudios sobre Sicasica, Ayo-Ayo, Calamarca y Mizque se ocupan de la territorialidad, de la complementariedad ecológica, de los cambios en los espacios y de la participación de las comunidades en relaciones mercantiles. Me interesa, sobre todo, que los ayllus no aparecen como algo detenido, estanco, en un pasado intacto. Al contrario, hay pérdidas, recomposiciones, desplazamientos, estrategias. Esa preocupación vuelve muchos años después en el texto sobre las ‘comunidades poco imaginadas’, donde RB discute esas imágenes uniformes de lo comunitario y muestra una realidad, digamos, menos cómoda: migración, envejecimiento, formas distintas de acceso y transmisión de la tierra, y también exclusiones. Algo parecido ocurre con el estudio sobre los títulos de la Corona. Mirados en la larga duración, esos documentos permiten ver la capacidad de las comunidades indígenas para usar papeles, alianzas y mecanismos jurídicos en defensa de sus tierras. El Estado actúa sobre ellas, obviamente, pero ellas también actúan sobre el Estado.

La segunda sección, dedicada a conflictos políticos y a los procesos que llevan hacia la independencia, muestra algo que se encuentra una y otra vez en la obra de RB; i.e., cierta desconfianza ante categorías que la historiografía terminó mostrando casi como ‘naturales’. Pasa con las identidades de ‘criollos’ y ‘peninsulares’, y también con la separación ‘demasiado limpia’ entre las rebeliones indígenas de 1781 y los movimientos de 1809. RB vuelve a los documentos y trata de reconstruir el lenguaje de los propios actores; entonces aparece una realidad más desordenada y caótica, menos lineal que la que queda cuando se otea todo desde la atalaya del final. Me resulta particularmente sugerente la comparación entre los discursos de represión de 1781 y 1809, y el análisis de la ‘construcción del enemigo’ en La Paz. Ese miedo a una posible articulación entre sectores criollos e indígenas hace que uno pueda leer 1809 no como una sala de espera inevitable a tiro de la independencia, sino como un momento abierto, con incertidumbres, desconfianzas y posibilidades que en ese momento nadie podía conocer de antemano.

Creo que es en la tercera parte –la dedicada a la construcción estatal y a sus tensiones– donde las dos categorías del título se ven con más claridad. Hay, por ejemplo, un estudio sobre la vestimenta de los funcionarios que podría parecer un asunto menor. Pero no lo es. Bordados, sombreros, bastones, uniformes. El nuevo Estado necesitaba hacer visibles sus jerarquías, representarlas materialmente. El poder debía verse. También vestirse. En La igualdad ausente, uno de los trabajos clave del volumen, la pregunta es todavía más incisiva: ¿qué quería decir, en la práctica, la igualdad pregonada por el orden republicano? La respuesta que propone RB lleva a mirar, sobre todo, las continuidades. Las leyes reconocían derechos, pero al mismo tiempo establecían diferencias y fijaban lugares dentro de la sociedad. Y allí siguieron funcionando jerarquías de género, generación, origen y clase. La modernidad jurídica republicana convivía, pues, con viejas formas de subordinación, refuncionalizadas (el término es de RB) en el nuevo orden, e incluso con ciertas violencias que el propio derecho toleraba. La convivencia es incómoda, desde luego, pero ahí está.

Después vienen otros materiales, bastante distintos, como elecciones, estadísticas, censos, presupuestos. Y aquí hay una virtud del trabajo de RB que siempre destaco, y es su capacidad para encontrar problemas políticos donde, a primera vista, parecería haber solamente papeles administrativos. En las elecciones indirectas, RB reconstruye el vínculo entre representación territorial y poderes locales. Con las estadísticas de José María Dalence pasa algo que puede parecer obvio, pero no lo es tanto: contar a la población es también clasificarla, ordenar diferencias y producir una determinada imagen de la sociedad. Los presupuestos, por su parte, dejan ver acuerdos, imposiciones y correlaciones de fuerza entre el Estado central y las regiones. Frente a la idea de un centralismo uniforme, casi omnipotente, secante, aparece un Estado con capacidades bastante más limitadas, que necesita recursos, que concede, distribuye y negocia.

Sinclair Thomson usa en el Prólogo una linda y acertada metáfora, que funciona porque detrás de estos trabajos hay una relación muy concreta, casi artesanal, con los archivos: RB entrando y saliendo de los “socavones de la historia”. Expedientes judiciales, títulos de propiedad, legislación, correspondencia, censos, estadísticas, presupuestos, imágenes. Pero no basta la cantidad –que es enorme. Está también, como decía bellamente Gabriel René-Moreno, “una comprensión que estruja el sentido inequívoco de los textos originarios”. Y las conexiones. RB puede pasar de una prenda de vestir a una jerarquía política, de una genealogía a las formas de transmisión de la tierra, de un presupuesto a las relaciones entre regiones y Estado, o de una sentencia a los límites históricos de la ciudadanía. Esos desplazamientos, a veces inesperados, me parecen una de las cosas que dan a su trabajo una densidad, un espesor particular. Algo de esto señala Sinclair Thomson en el Prólogo, cuando escribe que “sus conceptos surgen de su trabajo con las fuentes de la historia boliviana”. De ahí también esa idea de un “conocimiento local” que recoge de Luis Tapia, a propósito de René Zavaleta.

Un volumen formado por investigaciones escritas en épocas distintas conserva, como es lógico, cierta heterogeneidad. Pero esa diversidad no me parece un problema. Más bien termina siendo parte de su interés, ya que deja ver cómo algunas preguntas cambian con el tiempo y, al mismo tiempo, siguen ahí. La Introducción cumple un papel importante justamente por eso. No intenta ordenar retrospectivamente toda la trayectoria como si desde el inicio hubiera existido un único programa de investigación, sino que propone dos claves para volver a leerla. Patria potestad y Estado pactante son, en el fondo, dos formas de nombrar movimientos que se cruzan una y otra vez en la historia boliviana: la producción de jerarquías y, frente a ellas, la capacidad social de discutirlas, limitarlas, negociar con ellas o reconfigurarlas.

Reunidos, estos trabajos muestran una parte importante de la obra de RB y algunas de las preguntas que la han acompañado durante años. Pero el interés de este primer tomo no está solamente en volver a poner en circulación investigaciones dispersas. Leídas ahora unas junto a otras, obligan también a matizar varias ideas que damos por sentadas sobre las comunidades, la construcción estatal y las relaciones entre sociedad y Estado.

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Si en el primer tomo de Patria potestad y Estado pactante el recorrido llevaba por las comunidades, la ciudadanía y la formación del Estado en una larga duración, en este segundo libro la mirada se mueve hacia otros lugares y, sobre todo, hacia otros sujetos. No creo que sea realmente un cambio de rumbo. Mujeres, trabajo y escrituras de la historia vuelve sobre preguntas parecidas; es decir, el poder, la desigualdad, las jerarquías y la capacidad de una sociedad para intervenir sobre los órdenes en los que vive. Solo que ahora esas preguntas aparecen en sitios que una historiografía más tradicional quizá habría dejado a un lado: la ropa, el matrimonio, los mercados, las cartas familiares, las categorías del trabajo, las movilizaciones y hasta los archivos. Y ahí está, me parece, una de las cosas más interesantes del volumen. El poder no está solamente en las grandes instituciones; también está en lo cotidiano, a veces de una forma mucho menos evidente.

La primera sección, sobre ciudad, trabajo y conflictos de género, es quizá la que se acerca de forma más directa a la idea de ‘patria potestad’ que da nombre al conjunto. Empieza con un texto ya clásico sobre polleras, lliqllas y ñañacas. Podría parecer, de entrada, un estudio sobre la vestimenta, pero es una reflexión sobre estratificación, movilidad e identidad. RB muestra cómo la pollera dejó de ser utilizada por los sectores más acomodados hacia fines del siglo XVIII y quedó, sobre todo, entre mujeres de los grupos urbano-populares. Lo que me queda de ese análisis es que la ropa deja de ser un simple atuendo y, más bien, sirve para seguir diferenciaciones sociales y la formación de un espacio mestizo y cholo bastante más complejo que la idea de mezcla o de tránsito inevitable de ‘lo indígena’ hacia ‘lo blanco’. Hay una advertencia recurrente en RB: las identidades no avanzan por peldaños fijados de antemano.

En Miradas indiscretas a la patria potestad esa preocupación toma otro cariz. Los conflictos matrimoniales y la violencia –también la sevicia, que podía justificar una separación– permiten entrar en un espacio que con frecuencia queda fuera de los relatos generales. La familia aparece atravesada por jerarquías, claro, pero no solamente por ellas. También hay disputa, reclamo y capacidad de respuesta. Me resulta especialmente interesante ver a mujeres del mundo popular argumentando ante la justicia eclesiástica que un marido que no aportaba al hogar, que celaba y golpeaba, había dejado de actuar como compañero para convertirse en verdugo. No se trata de convertir esas situaciones en una historia de supuesta autonomía plena. Hay dominación, pero también sujetos que reaccionan, que buscan grietas, que argumentan. La patria potestad no cae sobre personas completamente inermes.

Con las “maestras mayores” pasa algo parecido, aunque en otro contexto. Los mercados paceños aparecen como espacios de trabajo y sociabilidad, pero también de conflicto, organización y hasta de gobierno. Hay autoridades, rotaciones, reglas, pertenencias gremiales y maneras de resolver disputas. Vista desde la experiencia de estas mujeres, la separación entre lo público y lo privado empieza a enrarecerse, volverse menos clara. Este es uno de los pasajes que más me interesaron del tomo, porque obliga a preguntarse qué estamos llamando ‘institución’. No toda institución nace de una ley, ni toda forma de gobierno está dentro de una oficina pública…

El trabajo sobre las cartas de mujeres lleva esta forma de ver todavía más lejos. Son setenta cartas, escritas entre 1836 y 1869, que permiten entrar por momentos en lo que RB llama el “tiempo de las cosas cotidianas”. Son fragmentos y, justamente por eso, tienen un valor especial, pues no cuentan vidas completas ni registran grandes acontecimientos. Aparecen los hijos, las enfermedades, el dinero, los viajes, los afectos, las deudas, pero también los silencios. Mujeres de estratos sociales distintos tratando, en definitiva, de resolver problemas concretos de la vida. RB plantea que estas voces permiten escribir ‘otras historias’ de Bolivia, y no porque las mujeres vivieran en un mundo aparte, sino porque muchas de esas experiencias quedaron fuera de las fuentes conservadas. La observación parece sencilla, incluso obvia al principio. Pero tiene consecuencias bastante grandes. Aquello que llega al archivo marca lo que después podremos reconstruir y llamar historia.

El segundo eje del volumen cambia bastante la escala. Se ocupa del trabajo, los derechos y los indígenas en la primera mitad del siglo XX, y pone la experiencia andina en relación con la Organización Internacional del Trabajo y con un mundo todavía profundamente colonial. Aquí hay una idea que me parece especialmente útil y que RB la resume en esta magnífica fórmula: “una geografía diferencial de los derechos”. Mientras en Europa y Estados Unidos comenzaba a implementarse un lenguaje de derechos laborales, grandes poblaciones coloniales e indígenas seguían sujetas a regímenes especiales. De modo que la supuesta ‘universalidad’ del trabajador era bastante menos universal de lo que parecía en el lenguaje jurídico. En Bolivia, Perú y Ecuador surgen además preguntas incómodas. ¿El indígena era visto como trabajador y por eso como sujeto de esos nuevos derechos? ¿O se seguían pensando ambas categorías por separado? Y ahí aparece una paradoja que vale la pena destacar: la construcción jurídica de los derechos también puede producir exclusiones.

La última parte abre una cuestión que a mí me interesa especialmente: la historia misma como terreno de disputa. Los trabajos sobre la Asamblea Constituyente, el 16 de julio de 1809 y los movimientos sociales recuerdan que el pasado no está quieto, indemne detrás de nosotros. Es usado, seleccionado, vuelto a interpretar; muchas veces sirve para producir legitimidades políticas en el presente. En el estudio de la Constituyente hay una observación fundamental, y es que si se mira solamente el texto final de una Constitución se puede terminar borrando el proceso que la hizo posible. Se pasan por alto propuestas que fracasaron, diferencias internas, demandas ciudadanas, acuerdos y negociaciones. Al final queda una especie de fotografía, cuando lo interesante está en el proceso, en el movimiento anterior. Me acordé aquí de algo que escribí alguna vez, para otra cosa: “Hay que estar más atentos al proceso que al resultado”.   

De ahí se llega al capítulo sobre los archivos, pero no es una discusión meramente metodológica. RB recuerda algo que, por mi propia experiencia con los archivos, me resulta especialmente revelador, y es que, históricamente, han sido en buena medida archivos del poder. Conservan mayormente la documentación producida por instituciones estatales y por quienes tuvieron posibilidades de dejar registro. Por eso importa buscar, rescatar y a veces incluso construir otros fondos documentales. La experiencia con las demandas enviadas a la Asamblea Constituyente y con los documentos de movimientos sociales deja claro que archivar tampoco es una tarea neutral. Aunque lo escribí más arriba, lo repito: elegir qué se conserva es decidir, aunque sea parcialmente, qué podrá contarse más adelante. “De los archivos del poder a los archivos del Gran Poder”, dice RB.

El volumen termina con El Estado pactante. Y ahí, de alguna manera, los dos tomos vuelven a encontrarse. Frente a la imagen de un Estado todopoderoso, pero también frente a la contraria –la de un Estado débil–, RB propone mirar la relación histórica entre las instancias gubernamentales y una sociedad con gran capacidad de organización, presión y negociación. El Estado dispone, toma medidas, intenta imponer; pero también retrocede, modifica decisiones, acuerda y se transforma. Eso no significa que estemos ante relaciones equilibradas. Todo lo contrario. Y quizá por eso mismo la noción de pacto resulta capital. Pero el pacto no borra, ni mucho menos, el conflicto y la dominación. La negociación se da dentro de relaciones de poder profundamente desiguales.

‘Por tanto’, como se dice al uso en fórmulas jurídicas, leer los textos de RB en un nuevo formato que los agrupa, ordena, remite y anota les da, tal vez, un otro tejido, más reposado, más articulado. Estos libros.

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