The gentlemen; el “cambalache” de nuestros días
No se trata de una obra maestra, pero el estreno de la segunda temporada de la serie The gentleman, en Netflix, constituye algo así, como un balón de oxígeno para una programación llena de productos hechos para el relleno, que “traga” cantidades ingentes de material repetitivo.
Los primeros capítulos de la nueva temporada de The gentleman, son relativamente arduos. Cuesta en principio “meterse” de nuevo en la historia, pero una vez que se consigue, nos encontramos con una trama interesante, donde los giros no son forzados, los personajes son creíbles en el marco de la comedia de acción en la que nos encontramos, y donde el protagonista, de manera genuina, atraviesa un proceso de transformación relativamente interesante.
En todo caso, lo mejor de la serie, se encuentra en el concepto argumental que desarrolla: en el Reino Unido de la actualidad, los dos extremos de la pirámide social se juntan; los miembros de la más alta nobleza; duques, condes, etc., no solo trabajan, sino que comparten costumbres y visiones, con la delincuencia en sus peores estratos; narcotraficantes, ladrones, estafadores, etc.
De manera consciente o inconsciente (probablemente porque lo encontraban divertido y potencialmente comercial), los productores, entre los que destaca el realizador ingles Guy Ritchie, nos dan una muestra de la materialización actual, del Cambalache que hace casi cien años compuso el argentino Enrique Santos Discepolo, con frases icónicas como “vivimos revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseaos-“ y mas adelante “todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor” (¿alguna semejanza con el día a día de la política, la justicia o la academia en Bolivia?).
En la primera temporada de la serie, un Duque heredaba una enorme y carísima propiedad, y se encontraba con que la única manera de mantenerla, era la de aliarse con narcotraficantes, y convertirse también el, en productor y distribuidor. Más adelante se daba cuenta que él no constituía ninguna excepción, y que el “modelo de negocios” que había desarrollado, podía expandirse de manera exponencial entre la alta elite de su país y de Europa.
En la segunda temporada, el protagonista, ya incorporado completamente a esa suerte de nuevo “segmento social”, una suerte de “lumpen-nobleza, comienza a sufrir las tensiones del negocio, y a transformarse en “otra cosa”.
Una de las mayores virtudes de la serie se encuentra en que en sus puntos culminantes consigue sorprendernos; los antagonistas y secundarios, van cambiando de posición en el esquema argumental, pero lo hacen con naturalidad. Por otra parte, la tensión sexual, existente entre los dos coprotagonistas, es genuina y esta bien llevada.
Si uno observa en retrospectiva, probablemente esta serie sea el mejor producto audiovisual de Ritchie en los últimos años, quien figura como creador y principal desarrollador de la serie, además de haber dirigido sus dos primeros capítulos.
En su última etapa, el realizador se ha convertido en una especie de “maquina” de hacer películas, varias de las cuales lamentablemente caben en la categoría de productos fallidos, bodrios en lenguaje simple, debido a su carácter mecánico y repetitivo. La zona gris (2026), La fuente de la juventud (2025), o El ministerio de la guerra sucia (2024), son ejemplos de un cine de tipo industrial, con tramas reiteradas y elaboraciones mediocres, similares a las que deben darse en una fábrica de embutidos.
Un poco antes el realizador ya realizo intentos por hacer un cine de masas, aunque con resultados muy desiguales: las fallidas Rey Arturo; la leyenda de la espada (2017) y The man from U.N.C.L.E (2015), y las relativamente interesantes Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes: juego de sombras (2011). Pero si uno quiere encontrar un periodo creativo y realmente interesante en la larga carrera del director, no tiene más remedio que dirigirse a sus inicios, donde dio a luz títulos como Snach, cerdos y diamantes (2002) y RocknRolla (2008).
En este caso, otro de los “aportes” testimoniales de la serie, se encuentra en que refleja como se ha normalizado “el mal”, en nuestra vida cotidiana. Desde el principio del cine, los “malos” han podido ser héroes, pero siempre en condiciones especiales; malos por defecto (porque no les quedaba más remedio), malos torturados que buscaban redimirse, etc. En productos como The gentlemen, los héroes son malas personas, sin ninguna justificación moral ni psicológica. Lo son porque ganan dinero y aspiran a vivir bien, y solo eso justifica que maten gente o trafiquen con droga, y nosotros los acompañamos en este transito y disfrutamos de la historia. En algún momento uno de los personajes de la serie lanza una frase del tipo, “este es un negocio (el crimen) de alta intensidad capitalista”. Y de alguna manera nos explica la razón por la que la corrupción y el crimen, se han normalizado tanto en este tiempo. Un recordatorio involuntario de ese Cambalache 2.0 en el que vivimos en este siglo XXI.
