“El problema final” salta de la novela a la pantalla

El escritor español Arturo Pérez Reverte quiere ser el Alejandro Dumas de nuestro tiempo. O, para usar un símil más actual, el Stephen King de la aventura. Aparte de si lo logra o no, esta intención explica lo nutrido y ramificado de su obra, que luego de las novelas más personales que publicó de inicio y que le dieron fama (“El húsar”, “La tabla de Flandes”, “El club Dumas”, “El maestro de esgrima”), ha incluido varias líneas de creación de alta venta: las aventuras del capitán Alatriste, miembro de una clase que fascina especialmente a este autor, el mercenario; las aventuras de Falcó, un agente franquista pero bien intencionado (Pérez Reverte es más bien “facha”); novelas de guerra, algunas muy buenas, como “Trafalgar” y otras más bien aburridas; crónicas de su época de corresponsal bélico (“Territorio Comache” es excelente; no he leído “Enviado especial”) y, entre muchos otros, el libro que nos interesa, que es más bien peculiar en este repertorio, “El problema final”.
El mismo cuenta la solución de un crimen de habitación cerrada o, más bien de “isla cerrada” (no es un descubrimiento, véase la novela “Y no quedó ninguno” de Aghata Christie o la primera parte de “Millennium” de Stieg Larsson).
Para poder narrar una historia así con mayor credibilidad, Pérez Reverte la convierte en un homenaje: su detective es un actor que en tiempos había interpretado a Sherlock Holmes (su nombre, Basil, es a la vez un homenaje el actor Basil Rathbone, que hizo lo propio en los años 30), al que se le han quedado las mañas deductivas de su personaje. Pero la estructura y la estrategia de la novela no es “á la Conan Doyle”, sino más bien seguidora de Christie y otros cultores del policial “deductivo”. Un desafío para un autor más dado a las expansiones de la “acción”, del que Pérez Reverte sale más o menos bien librado, al filo del pastiche, pero eludiéndolo gracias al
planteamiento ya señalado: al final, el protagonista imita a Sherlock Holmes adrede. En correspondencia, todo el libro está plagado de referencias literarias y cinematográficas.
Pérez Reverte ha sido llevado al cine muchas veces, entre ellas por Román Polanski, quien sacó una buena película, “La novena puerta”, podando y cambiando mucho “El club Dumas”. En ella Corso, el personaje principal, es interpretado por Jhonny Deep.
“El problema final” se ha convertido en una miniserie de Netflix de cuatro capítulos dirigida por Félix Viscarret, quien antes adaptó a otros escritores españoles muy distintos, como Fernando Aramburu o Juan José Millás.
Con justificación o no, Viscarret repitió la ambientación súper cuidada y elegante de las traducciones de Agatha Christie de Kenneth Branagh, de las que alguna vez hemos hablado en este blog. También repitió la táctica de meter dentro a un súper electo de actores españoles, liderados por José Coronado, quien interpreta al Sherlock postizo.
Se trata sin duda de un poderoso reclamo al espectador y un antídoto del escepticismo respecto a la trama, pues no existe la pretensión de hacernos creer que vemos algo real, sino solamente que estamos ante una relamida y rutilante obra de teatro de época.
Con lo que todo es muy posmoderno: un guion basado en un libro que hace citas de otros y una puesta en escena que cita también a otras. Desde la perspectiva del espectador latinoamericano, estas citas y refritos españoles no resultan muy creíbles. Por supuesto que uno no va a escuchar a ninguno de los personajes diciendo “hostia”, pero igual lo espera oír en cualquier momento.
La traducción de los guionistas Alberto Macías, Carlos Molinero y Marisol Farré de la novela de Pérez Reverte es una simplificación que elimina las partes “intelectuales” y que, con ello, incurre en lo que esta elude, el pastiche. La escena ejemplar a este respecto ya ha sido señalada por un crítico español. Se le pide a Basil que haga gala de sus habilidades deductivas holmesianas y él adivina que una mujer se ha teñido el pelo de rubio porque “tiene las cejas más oscuras”. Así cualquiera.
La simplificación también provoca que la solución resulte menos verosímil, pero esto es algo de lo que, por razones obvias, no podemos hablar aquí.
Como suele decir la publicidad de miniseries, lo bueno es que cuatro capítulos se ven de un tirón. O, si el espectador prefiere, en cómodas cuotas de un capítulo por noche, con lo cual la semana laboral quedará casi cubierta, dejando el viernes para releer un cuento de “Los archivos de Sherlock Holmes”.

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