Yendo de la casa al cine en una ciudad sitiada

1. Cuando entré, la sala 4 estaba vacía. Era el lugar y era el día del estreno de una premiada película boliviana, y es por ello que –confundiendo tal vez estos tiempos sombríos con otros mejores– había llegado segurísimo de que me encontraría con una pequeña multitud de caras conocidas (las de los mínimamente atentos al cine boliviano, que forman un club más pequeño que el de los fans del Capi Lara). Felizmente, todavía había tiempo: faltaban unos minutos antes de que la función comenzara; y en efecto, los espectadores fueron llegando, parsimoniosos, de dos en dos. Fuimos al final nueve.     

2. De esos nueve espectadores: a) cuatro llegaron a 20 minutos de empezada la película; b) seis se instalaron en sus asientos con cierta dificultad, abrumados tal vez por el peso de exuberantes bandejas de comida chatarra (era apenas la primera semana del gran sitio a La Paz); c) dos muchachos, que se sentaron en la cuarta fila, llegaron a tiempo y sin comida a cuestas, pero solo porque se dedicarían luego a filmar la película con sus celulares; d) los restantes seis espectadores, es decir, los que no estaban ocupados pirateando la peli, se pasaron la función, ya agotadas sus bandejas, consultando sus celulares o charlando a susurros; e) una de las parejas dejó la sala, para no volver, 20 minutos antes de que se acabara la función; d) un espectador –este ingenuo servidor– trataba de concentrarse en la pantalla grande, a veces sin suerte.

3. Supongo que la que describo aquí es hoy la manera dominante de consumir cine en una sala en Bolivia. Una experiencia no muy diferente de la que ofertan los apivideos y los chorizovideos: comemos mientras espiamos, de reojo, una peli cualquiera. Si bien en los multicines las pantallas son más grandes y el sonido es óptimo, con frecuencia las pelis en los apivideos son superiores (“clásicos” al menos del cine chatarra) y, sin duda, la comida también. El resto es parecido: uno llega cuando llega (digamos que a media película), uno se va en cuanto termina de comer y, principal bonus track del asunto, uno pasa un rato distraído con los sonidos que hace el prójimo al masticar o sorber, o con la ubicuidad del olor a aceite viejo, o con la constelación de pequeñas pantallas encendidas en la oscuridad. En esta experiencia, lo que aporta la película es “ambiente”, o sea, es la música del ascensor, es el televisor prendido al fondo del local. 

4. Si pudiéramos, muchos iríamos al cine todos los días. Porque son contadas las costumbres que –como esta de ir a una sala– nos conducen, con similar eficacia, al entusiasmo perdido, a una eufórica alegría infantil perdida. Pero hace rato que ir al cine en Bolivia es otra cosa, distinta: algo que, curiosamente, tiene escasa relación con el cine. Y que, de paso, es un trance costoso, incómodo y exasperante. ¿Pagar 60 pesos para ir a putear?: sin duda no la más astuta inversión de recursos, tiempo y energía. 

5. A lo señalado, se suma lo que está a la vista: que ir al cine en Bolivia no solo es incómodo y caro, sino además innecesario. Sabemos que lo que llega a salas estará disponible –en streaming, en DVD– unas semanas después. Y a no ser que uno no pueda aguantarse las ganas de averiguar cuanto antes la suerte del Mandalorian y su mascota verde (suerte que podemos adivinar sin ir al cine y sin siquiera consumir el producto en cuestión), ¿para qué apurarse con pelis que terminarán días después saturando, de pared a pared, el medio ambiente mediático? 

6. Y, claro, la cartelera es lo que es. Que no es mucho. De las 14 películas en cartelera ahora mismo en el multisala que queda cerca de mi casa, 11 son cintas rutinarias gringas. Y las restantes apenas enriquecen el panorama: una es una espantosa comedia china de artes marciales, con Jacky Chan y un oso panda; otra, un melodrama iraní de segunda línea; y la tercera, la aludida (y apreciable) cinta boliviana. De las 11 pelis gringas, ni una sola es buena y todingas son productos genéricos en los géneros industriales al uso: muchas de terror, muchas animadas, varias de superhéroes, algunas de violencias campales archiconocidas.  

7. Si por ejemplo hoy decidiera ir a ese cine cerca de mi casa, tendría para escoger entre las 77 funciones disponibles. Aunque, en los hechos, 4 de las 14 películas en cartelera acaparan 58 de las funciones, es decir, el 75% del tiempo de las salas. Y solo 10 de esas 77 funciones, en los horarios menos convenientes (cerca del mediodía o cerca de la medianoche), son funciones en los idiomas originales de las películas. Se sabe que para algunos exagerados escuchar una película doblada es el equivalente de escuchar un concierto de Radiohead doblado por Maná: no solo una clara pérdida de tiempo sino por añadidura una tortura. 

8. No queda otra, entonces, que olvidarse de las salas locales. O por lo menos hay que tratar de recordar que estas salas poco tienen que ver con el cine. Y que ese “poco” que tienen que ver con el cine es el mismo “poco” que comparten con los apivideos, aunque estos últimos tienen las ventajas –lo decíamos más arriba– de una superior oferta gastronómica y un costo menor. Y sobre todo tenemos que recordar que, esquivadas ya las equivocaciones de la nostalgia, el buen cine sí existe en abundancia, pero existe en otra parte. Y que acceder a esa “otra parte” es fácil y más barato.  

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