Sirat: Una de terror en el desierto
1. “Salí del cine destrozado”, han dicho muchos de su experiencia con esta película. “Me dejó una desazón de dos días” es una frase frecuente en las plataformas de confesiones cinematográficas en línea. “Verla fue algo insoportable”, concluyen, sumarios, otros espectadores. Y la legión de críticos que la han comentado se dividen según un desacuerdo extremo: hay los que la juzgan una inusual pequeña obra maestra del cine y hay los otros, que están seguros de que Sirat: Trance en el desierto es un caso evidente de manipulación narrativa y emocional.
2. Un padre (Sergi López), su hijo pequeño y el perro de la familia recorren en coche un desierto del Norte de África (el Sahara) en busca de la hija y hermana mayor, de la que no tienen noticias desde hace buen tiempo. Tal es el pretexto argumental o narrativo de Oliver Laxe, el director español de esta película que no solo quiere ser una road movie sino además un musical: la hija se ha perdido o ha decidido perderse en raves, esos festivales de música electrónica que son, a la vez, trances multitudinarios ayudados por el consumo de las drogas adecuadas.
3. De hecho, son las raves las que trazan el mínimo arco narrativo de la película, que se abre con una de estas fiestas. Es decir, con la elevación, en medio de un paisaje desolado (que se supone es el Sahara pero es el este de España), de una pared de parlantes inmensos. Y luego con las primeras vibraciones de la música, de ese mántrico tunchi-tunchi tecno que hipnotiza a los presentes, que empiezan pronto un baile ensimismado de nómadas alternativos, de hippies del siglo xxi. El resto de la película será la búsqueda de la rave correcta, allí donde baila absorta, en el paraíso de las perdidas, la hija y hermana.
4. La película combina dos cosas con el paisaje del Sahara (o de Teruel): a) el golpe de los bajos de la música electrónica (el ya mencionado tunchi-tunchi), que hace vibrar no solo las panzas del público sino las arenas del desierto; y b) la caravana de autos que vemos recorriendo a altas velocidades planicies muy planas y escarpados caminos yungueños, en una suerte de versión musical de la saga de Mad Max. Esta triple combinación –autos, música y desierto– es, por supuesto, la de una vieja receta del espectáculo cinematográfico, aquí resucitada con provecho.
5. Los primeros 30 minutos de la película son una especie de documental, efectista y efectivo, sobre las nuevas tribus de primermundistas nómadas que deciden dar un paso al costado y no participar de las intensas (y desmoralizadoras) tragicomedias del capitalismo tardío. Laxe, el director, opta por actores primerizos o no profesionales (con la excepción, visible en los resultados, de López), que se interpretan así mismos cuando interpretan una galería de marginales y limítrofes (salidos del cine de otro español, Buñuel, nacido en Teruel, no lejos de donde empieza la película). Estos turistas con plata (cada uno de los vehículos que usan cuesta lo que le arreglaría la vida a varios de esos pastores o soldados pobres que los miran, intrigados) transitan los lugares como si estos estuvieran vacíos y a la espera de una rave que los redima, vagabundos al margen o desentendidos de su entorno, tan concentrados en su propia obsesión de consumo que ignoran hasta las más obvias señales de “los peligros del Tercer Mundo”.
6. Se ha insistido en destacar las virtudes visuales y sonoras de la película (fue nominada al Óscar al mejor sonido). Pero si en tanto oferta audiovisual es una rave al alcance de todos, como relato Sirat se entrega por completo a los defectos de una deficiente narración elíptica. Es decir, la suya es una estética que anuncia las catarsis de la tragedia pero que prefiere, frente al entuerto o la dificultad narrativa, optar por la facilidad del salto o del silencio. Sin aviso ni presagio, un poco más allá de la mitad de la película, sucede una tragedia: la peli salta pronto a otra cosa. Luego viene otra tragedia, igualmente atroz, que nos conduce al final: la peli vuelve a dar un salto y abandona a los personajes. Lo peor pasa, pero pasa como si fueran tragedias sin consecuencias emocionales o existenciales o que, si las tienen, la película deja a la imaginación del espectador, que no estaría equivocado en llegar a la conclusión de que la historia que se nos ha contado es un largo y simple chiste negro (de dios o del director). Nihilismo adolescente, digamos.
7. La película es, en suma, lo que promete: rave en el desierto, trance que deja tantas cosas sin decir que el relato puede ser considerado, convenientemente, una piñata narrativa: un saco con un montón de cosas diferentes para un montón de gustos diferentes. Hay, por ejemplo y por lo menos, media docena de moralejas para escoger: Sirat bien podría ser la historia de un grupo de cojudos que, con soberbia, ignoran los peligros del lugar al que se meten, del que parecen ignorar todo lo demás. O podría ser un relato sobre grupos de primermundistas que, confiados en su condición de ciudadanos con derechos y embajadas a las que reclamárselos, se aventuran, valientes o audaces, en el corazón de las tinieblas, en los misteriosos dominios de la barbarie. O podría ser una alegoría general y genérica sobre la precariedad y fragilidad de la vida. O un cuento filosófico que postula, otra vez, que estamos a merced de un dios cruel o de un destino caprichoso que nos destrozará sin razón ni aviso. En fin: generalidades pobres o ya cansadas.
8. Decenas de premios y nominaciones (en Cannes, en el Óscar) han distinguido a Sirat desde su estreno en festivales, el año pasado, y, en salas, este año. Laxe, el director, cree –según se deduce de las muchas entrevistas que ha dado sobre el tema– que las atenciones de la crítica se deben a dos virtudes centrales de su emprendimiento: no solo su película deja entrever nuevas formas de narrar, no convencionales, sino que propone un contenido político que ha encontrado a un público ávido de esos contenidos políticos. Este reseñador, luego de dejar la sala algo destrozado, y a medida de que lo pensaba más, empezó a sospechar de que no hay en la película tales virtudes. Esas “nuevas formas de narrar” son las del documental musical (Sirat es una peli sobre un Woodstock árido y monótono) y de la elipsis u omisión sin ton ni son (Sirat es una peli de terror que se salta escenas). Y esos celebrados “contenidos políticos” son tan vagos que halagan, sin perder sustancia, las inclinaciones políticas de todo el mundo y su abuela.
