“Núremberg”, otro producto (y no el mejor) de la “nazilogía”
Uno de los temas más convencionales de las industrias culturales occidentales es el nazismo. Hace no mucho estuve en una librería que tenía un estante entero rotulado “Libros sobre Hitler”. Este personaje, sus colaboradores, sus actos desaforados y la impronta que dejaron en la historia de Alemania y el mundo han despertado una curiosidad algo morbosa del público mundial a lo largo de muchas décadas.
En este contexto, “Núremberg” no puede remitirnos a ninguna otra cosa que al juicio realizado en esa ciudad alemana, la cuna del nacionalsocialismo, contra Hermann Göring y la plana mayor nazi que sobrevivió a la guerra. Un asunto del que, me parece, todo el mundo debe tener alguna idea, si no basada en la película de 1961 de Stanley Kramer, por lo menos en Wikipedia. Sin embargo, James Vanderbilt ha hecho “Núremberg. El juicio del siglo” para un público de marcianos a los que habría que explicarles lo más básico. Y por los que, en homenaje a su derecho a la ignorancia, tampoco habría que salir de lo más básico. A esta altura del desarrollo de la “nazilogía”, tanta ingenuidad no solo resulta sorprendente, sino contraproducente.
Por supuesto, Vanderbilt no ha hecho su guion sobre la nada (en un campo tan hollado, este es mi punto, tal cosa no es posible). Se basó en el libro “El nazi y el psiquiatra” del periodista Jack El-Hai, que cuenta la relación entre el mediocre psiquiatra encargado de revisar la salud mental de los acusados al juicio, Douglas Kelley (interpretado también mediocremente por Rami Malek), y Hermann Göring (que encarna Russell Crowe con más clase, pero también con una guapura que no corresponde en absoluto con la obesidad mórbida y el abotargamiento del lugarteniente de Hitler).
El crítico estadounidense Matt Zoller quiso hacerle un favor a Vanderbilt escribiendo: “Es un filme sólido de la clase que solía ser más común: una honesta película que no pretende alcanzar los Oscar, sino que quiere ser vista por todos y consecuentemente no busca ser compleja o artística. Lo que quiere es educar e inspirar, así como entretener; y no esconde que esta es su única ambición”. Se trata, claro, de un flaco favor. Al exponer las supuestas fortaleza de este título, en realidad Zoller desnuda sus nada presumibles carencias. En efecto, no tiene ambición, no tiene complejidad y no tiene arte. Es una artesanía orientada al consumo… ¿de quién?
En la película de Stanley Kramer sobre el juicio no aparecía el fiscal estadounidense Robert H. Jackson. En cambio, Vanderbilt se fija en su figura (encarnada por Michael Shannon) y en el incidente que causó por perder la calma frente a Göring, lo que le costó una llamada de atención del Tribunal. Retratar esto es necesario para que el interrogatorio a aquel sea reanudado por otro fiscal con un enfoque basado en el “descubrimiento” del psiquiatra Kelley sobre el narcisismo del comandante de la Luftwaffe y presidente del Consejo de Estado nazi, a quien el propio Hitler llamaba “gordo infatuado”. La perspectiva de Kelley también explica que la película conceda una importancia que no logra justificar a los supuestos informes “secretos” de este psiquiatra al fiscal Jackson sobre las estrategias jurídicas de los acusados. No sé si este espionaje de poca monta fue real o no, pero sin duda tuvo una importancia muy secundaria en un contexto en el que nadie esperaba, y por supuesto tampoco los nazis, que los responsables de una carnicería con 60 millones de víctimas, y que acababan de ser derrotados en todos los frentes, salieran bien librados del juicio.
Lo mejor de la peli es Crowe. Lo peor, el personaje que compone Malek, un protón libre, errático por azar antes que por diseño; que a ratos forma parte de una formación y a ratos, de otra. Además, para subrayar su condición, echa unas carreras innecesarias de allá para acá.
