El agente secreto: ni tanto, ni tan poco
Lo mejor de El agente secreto, cinta estrenada el 2025 y dirigida por Kleber Mendonca Filho, se encuentra en la descripción del “ambiente”, vivido por un determinado tipo de sociedad. En ese sentido nos recuerda a Erase una vez en Hollywood, la película de Quentin Tarantino, estrenada en el 2019.
El agente secreto, se sitúa en 1977, año que el Brasil estaba inmerso en una prolongada dictadura militar que duró de 1964 a 1985. Al inicio de la cinta, Marcelo, el protagonista, llega a una estación de servicio aislada, cerca de la cual hay un cadáver tirado a la vista de todos y solo tapado por un periódico. El encargado de la estación trata la situación con absoluta normalidad, y cuando llegan unos policías. al lugar no solo ignoran el cadáver, sino que más bien tratan de extorsiona a Marcelo para sacarle dinero. Al terminar la escena, aparece en la película un cartel donde se señala el año en que transcurre la historia y añade que se trataba de una época de “mucha picardía”.
Y es así, la trama argumental de la película se desenvuelve en un ambiente raro, pesado, propio de una sociedad ambivalente, donde los valores predominantes están distorsionados. Es carnaval, pero la alegría “institucionalizada”, se mezcla con la normalización de la muerte y de la corrupción. Policías, delincuentes, sicarios, todos mezclados, sin que pueda establecerse una clara diferenciación entre unos y otros.
El “agente secreto”, Marcelo, es un profesor universitario perseguido por un oscuro empresario, que ha decidido hacerlo matar. Y nuestro protagonista, que a la vez que prepara su escapatoria, realiza una investigación sobre su pasado en un centro de identidad oficial. Al igual que en una película de espías de la segunda guerra mundial, en el Brasil de la época, también existe un sub mundo que presta ayuda a quienes están perseguidos y clandestinos.
La mayor parte de los personajes de la película, salvo el protagonista y su hijo, tienden ligeramente a la caricaturización, especialmente los villanos. De ahí, que el desenvolvimiento de la historia, especialmente en los tramos finales, sea deudor del cine de los hermanos Cohen, especialmente de cintas como Fargo (1996). En este caso igual que en ella las situaciones se resuelven más por la torpeza, que por la voluntad de los participantes (dados los últimos acontecimientos dados en Bolivia, donde dos sicarios dispararon contra una operadora política, sin ultimarla, a pesar de haber introducido varios disparos en su cuerpo, da la impresión que esa no es una situación en absoluto inverosímil).
El director Mendonca Filho, hace una descripción pormenorizada, detallista al extremo, de los ambientes del Brasil de la época, de los rasgos psicológicos de sus personajes, de su estética setentera. Pero el problema de la película es que se “detiene”, se enamora demasiado de esa descripción en cierta medida esteticista, por lo que la película se hace excesivamente lenta, monótona a momentos, lo que a su vez se refleja en un metraje excesivo.
El culto a la estética, no necesariamente significa lentitud, es decir que el cuidado y la intención destallada en la construcción de las imágenes, no tiene porque ser un freno al desenvolvimiento de la historia. Un ejemplo clásico en ese sentido es el del Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick, probablemente una de las películas más bellas de la historia, donde la construcción estética esta puesta al servicio del desarrollo dramático. En El agente secreto, lamentablemente no ocurre aquello, por lo que la historia va perdiendo fuerza a medida que avanzan los minutos.
Uno de los problemas del planteamiento de la película es que los diferentes componentes de su universo social, son políticamente anodinos; es decir no tienen una filiación política identificada, y por lo tanto no se entiende su motivación. En el Brasil de la dictadura militar, al igual que en el resto de los países latinoamericanos que vivieron una situación similar, hubo poderosas redes de resistencia y apoyo a los perseguidos. Esas estructuras tenían motivaciones ideológicas claras: estaban constituidas por militantes de izquierda o por miembros de la iglesia de tendencias progresistas. En el universo de El agente secreto, son seres hasta cierto punto ambiguos, de los que no se sabe de dónde salen, cuales son sus objetivos y tampoco con claridad, porque graban las conversaciones que tienen con el protagonista, elemento que a la postre resulta importante para la resolución final.
Uno de los grandes atractivos de la cinta es la de la enorme cantidad de referencias cinéfilas, que se encuentran en su estructura. La más importante es la relacionada con Tiburón (1975). Los restos de un desaparecido, encontrados en el estomago de un escualo, sirven adecuadamente para ayudar a retratar ese ambiente, en el cual el valor de la vida y la seguridad de las personas son nulos. A esa referencia se añaden muchas otras; imágenes de La Profecía (1976), por ejemplo, la referencia a las películas de terror de serie B, de los años cincuenta reflejada en la pesadilla del protagonista, e inclusive el titulo de la cinta que hace referencia a un clásico de Hitchcok (y según alguna declaración del director, a una cinta francesa de aventuras, icónica, de los años sesenta: Hombre de Río).
En primera instancia resulta atractivo el introducir referencias del cine comercial clásico (Spielberg, Hitchcok) a una película latinoamericana que habla sobre la dictadura del siglo pasado, pero si es que dichos añadidos terminan cobrando “personalidad propia”, es decir, si se convierten en un elemento que llama la atención por si mismo, también terminan perjudicando el desarrollo narrativo global de la cinta.
En los tramos finales de la película, el director hace una reflexión sobre la memoria; la recopiladora curiosa que quiere saber más sobre el personaje que conoce de manera fragmentaria a través de las cintas de audio, y el hijo, tan importante en la construcción de la historia, pero que ya maduro, tiene resistencia a interiorizarse en su pasado. Se trata de una línea argumental valida, eso es en realidad lo que ha ocurrido con gran parte de la izquierda latinoamericana, pero la manera en que el director la introduce en el armado de la película, resulta demasiado forzada.
El Agente Secreto, es un ejercicio interesante y su éxito mundial muestra que el cine contemporáneo esta ávido por encontrar nuevas maneras de contar historias, sin embargo, también es una película que nos alerta sobre los peligros de dejarse llevar por el culto al detalle, expresado en este caso en el esteticismo y cierto “manierismo” a la hora de narrar la película.
