“Proyecto Fin del mundo”, oda espacial a la amistad

La relación no sexual entre dos personas (que Platón consideraba la máxima expresión del amor) se ha representado de mil maneras en el arte. La versión mil y uno tenía que ser, como es lógico, la más propia de nuestra época: una amistad entre dos astronautas, uno humano y otro extraterrestre, que surge en medio de aventuras y graves riesgos de perder la vida. Como “El Quijote”, finalmente, la historia de la amistad entre el Quijote y Sancho Panza. Cambian mucho los decorados pero no tanto las estructuras narrativas.  La historia le pertenece al novelista de ciencia ficción Andy Weir, autor de “El marciano”, que también se convirtió en un taquillera y aplaudida película, la homóloga de Ridley Scott (2015). En este caso se trata igualmente de una comedia, que, como se sabe, es el género en el que las cosas acaban en boda y festejos. Una plaga intergaláctica de “astrófagos” (una suerte de virus ultrapoderoso que come radiación) está amenazando al Sol y todas las estrellas cercanas, menos Tau Ceti, la única que no ha perdido su brillo. Los astrófagos pueden ser usados como combustible con el cual viajar a una velocidad cercana a la de la luz. Con este respaldo, la humanidad construye una nave espacial llamada Hail Mary o Ave María, que no es una referencia religiosa sino del fútbol americano; significa una jugada desesperada y final. La idea es viajar a Tau Ceti e investigar qué la hace inmune a la infección que en cambio se ensaña con el Sol, al punto de que se prevé que causará su progresiva extinción y, por tanto, el enfriamiento de la Tierra y la desaparición de la humanidad. Bueno, todo esto lo sabremos más adelante. La película comienza con el Dr. Grace –que interpreta de manera verdaderamente estelar Ryan Gosling– despertando en la nave. Es el único que ha sobrevivido al viaje espacial de años y no sabe qué le ha traído allí. Ha perdido temporalmente la memoria por el periplo. La paulatina recuperación de sus recuerdos constituye una de las líneas narrativas de la película. La otra es su encuentro con otro astronauta solitario de una civilización extraterrestre que tiene la misma misión que él: averiguar qué está protegiendo a Tau Ceti y con ello salvar su mundo y a los demás soles y sistemas planetarios de la galaxia.La representación de este extraterrestre es muy distinta de las habituales en la ciencia ficción: no es un hombrecito con grandes ojos, algún tipo de calamar o un invertebrado con exoesqueleto. No, es más bien algo así como un montón de rocas articuladas entre sí. De ahí el nombre que Grace le pone: “Rocky”. Sin embargo, el alienígena sí cumple con el cliché de la bondad y la sabiduría extremas. Es un tipazo, una característica rápidamente captada por Grace, quien también es en muchos sentidos un humano excepcional. Súper inteligente, pero capaz de admitir su vulnerabilidad y sus defectos, sin tanta testosterona como la que ahora se exige para ser parte del ejército de Estados Unidos. El lado femenino y gracioso de Grace, además de su súper inteligencia, es el que ha determinado su reclutamiento en el proyecto Hail Mary, proceso que se nos va revelando por partes a lo largo de la película. Pero el eje del filme es, como ya anticipé, la narración de la forma en que él y Rocky se convierten en amigos. Esta es la expresión mil y una del interés artístico por la amistad, con la novedad de la naturaleza bizarra de los dos seres que se encuentran y también del escenario en el que lo hacen: un imponente, bellísimo paraje del espacio exterior.La combinación de este marco apoteósico con la ternura de los personajes ha fascinado a las audiencias de todo el mundo. La frescura de la trama y la actuación versátil y encantadora de Gosling pone a esta película entre lo mejor que podemos ver en estos días en las plataformas de streaming (se exhibe en Prime).  

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