“Pequeñas cosas como estas”: una gran novela dio una gran película

Prime acaba de agregar una película de 2024 protagonizada por un actor irlandés extraordinario, Cillian Murphy, a quien vimos triunfar un año antes en “Oppenheimer” de Christopher Nolan. “Pequeñas cosas como estas” le va como anillo al dedo a Murphy, quien también la produjo junto con su amigo, el famoso actor Matt Damon, y otros artistas. En conjunto, la película es una producción irlandesa-belga y adapta la novela homónima de la también irlandesa Claire Keegan, que estuvo cerca de ganar el Premio Booker de 2022. El director es el belga Thian Mielants, quien ha dirigido varias veces a Murphy.

Keegan no es realmente una novelista, sino una brillante escritora de cuentos. “Pequeñas cosas como estas” es su única obra algo más larga (y no mucho). Menciono esto porque ella tiene, como toda buena cuentista, la capacidad de expresar fuertes emociones, ideas y perspectivas en pocas líneas, es decir, puede capturar mucho en las escuetas y precisas expresiones de unos personajes que por fuerza ha de describir con pocos trazos. Cuando uno lee “Pequeñas cosas como estas”, la palabra que surge en su cabeza es “contención”. Gracias a la contención y a la concentración de Keegan, un tema terrible y melodramático, los abusos que sufrieron miles de muchachas por más de 60 años en las lavanderías de monjas de Irlanda, se transforma en una mínima historia sobre un hombre bueno que enfrenta un dilema moral. Un pequeño episodio, pero cargado de tensión emocional.

Murphy interpreta a Bill Furlong, un esforzado vendedor de carbón en un pueblo irlandés golpeado por la crisis económica. Las monjas del convento cercano controlan este pueblo y sobre todo la educación de sus niñas. Bill tiene cuatro hijas que estudian en el colegio regentado por estas mujeres religiosas. Además, su negocio requiere, para sobrevivir, que haga lo que todos, esto es, mirar a otro lado y no ver a las jóvenes –de la misma edad de sus hijas– que están con las monjas, a menudo enviadas por sus padres, para que se las “reforme” por alguna falta (sobre todo un embarazo precoz) en la lavandería administrada por el convento. Una investigación gubernamental posterior concluyó que estas religiosas, que operaban en todo el país, no solo sometían a las chicas a trabajos forzados, sino que les arrebataban sus hijos y disponían de ellos según sus deseos, y que muchos bebés y mujeres murieron en sus lavanderías. 

No es que Bill piense en esto, pero él es un hombre bueno y compasivo, que además ha tenido una infancia bastante triste, cuyos recuerdos se combinan con lo que le sucede en el presente. Ha logrado lo que se esperaba de él: tener un negocio que le exige mucho trabajo pero le asegura cierto confort y buenas perspectivas para su familia; alimentar bien y en una casa caliente a sus hijas; estar empleado, que en ese momento constituye todo un privilegio en Irlanda. Pero ha hecho todo esto a costa de sofocar sus propios deseos e impulsos. (Esto lo sabemos en la novela y lo intuimos en la película, que es todavía más sintética y parca que aquella).

Para mala suerte de Bill, un día se topa con una de las víctimas de las monjas y entonces ya no puede pretender que no sabe. Otro en su lugar hubiera podido hacerse al desentendido con facilidad, pero para él resulta muy difícil abandonar lo que siente que es su deber. Solo que en este caso son dos deberes (el que lo obliga para con su familia y el que siente en su propio corazón) que se oponen entre sí.

Hablábamos de “contención”. De hecho, Bill es un hombre silencioso y hierático, de esos a los que la procesión les va por dentro. Las crisis emocionales atraviesan su personalidad como los rayos de luz se refractan en un prisma, sin otra cosa que una ligera desviación. Sin embargo, al mismo tiempo el esfuerzo de contención aumenta a un nivel casi de agitación y dolor físico. Murphy, ya lo dijimos, resulta ideal para un papel difícil como este. No decepciona. Su actuación, la performance de Emily Watson como la Hermana Mary, y la narración tersa y auténtica de Mielants y el guionista Enda Walsh, que da continuidad a la de Keegan, convierten esta película en una pequeña joya cinematográfica. Una gran película que proviene de una gran novela en torno, sin embargo, a las “pequeñas cosas”.

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